Semillas, gallinas y tierras para ellas: así se combate el hambre en el Alto Uele
Ostirala,16 urria 2026La receta con la que medicusmundi y sus socias innovan contra el hambre en el Congo. Logran poner coto a la inseguridad alimentaria entre cosechas. Y gracias a ello, hay un hilo que conecta el campo y las aulas, una oportunidad para las mujeres y un ejemplo para conmemorar con orgullo el Día Mundial de la Alimentación
En la jefatura de Bafwangada, en el territorio de Wamba, al norte de la República Democrática del Congo, la persona que vela por el acceso de la comunidad a la tierra es una mujer. Puede parecer un detalle administrativo. Pero en una zona donde las viudas y las solteras llevaban años sin poder cultivar porque la costumbre no les reconocía derecho sobre el suelo. Es un cambio de fondo. Ella se llama Milfie Karume.
Ahora que se celebra (el 16 de octubre) el Día Mundial de la Alimentación bajo el lema «Innovar hoy para nutrir mañana», en pleno Año Internacional de la Mujer Agricultora, vamos en busca de un caso concreto de innovación contra el hambre con rostro de mujer. La FAO habla de ciencia, tecnología y saberes tradicionales. El último informe SOFI aporta la magnitud del reto: 645 millones de personas pasaron hambre en 2025 y, por primera vez, África concentra más que Asia, unos 309 millones. Allí, el 66,6 % de la población no puede costear una dieta saludable, que cuesta de media 4,28 dólares al día frente a una línea de pobreza, con un coste estimado de 3. Lo mismo pasaba en Rungu y Wamba (AltoUele) en noviembre de 2022: hogares sin azadas, sin reserva de semillas y con un alto nivel de inseguridad alimentaria de toda la población. Ya no.
Noviembre del 22 es la fecha en la que arrancó el proyecto liderado por Grégoire Mombi Amboko y su equipo de medicusmundi. Lo que ocurría antes lo mostró una encuesta hecha con participación de las comunidades en la ciudad de Wamba (54 % de mujeres entre las personas encuestadas). Los servicios técnicos agrícolas de la provincia ya habían llegado a la misma conclusión en agosto de 2021: la imposibilidad de afrontar una buena dieta para la mayor parte de la población local. A ello se sumaba un problema menos visible: las semillas tradicionales, recicladas generación tras generación, habían perdido vigor. Los agricultores sentían que trabajaban mucho para cosechar poco. El proyecto repartió herramientas y semillas certificadas (lo que garantiza una tasa de germinación óptima), y también vacunas y tres mil pollos y pollitas de raza SASO, comprados en Kinshasa y cruzados con aves locales. Ya van por la tercera generación avícola. Ya no hay inseguridad alimentaria entre cosechas.
La elección de cultivos fue deliberada. Frijol de vaina, alubia, soja, col, pimiento y zanahoria, por su valor nutricional y porque se venden a buen precio. Sobre esa base se mejoró el rendimiento del arroz, la yuca, el maíz o los cacahuetes. Los ciclos cortos tienen un efecto concreto de relleno en los meses de escasez entre cosechas, cuando antes las familias entraban cada año en inseguridad alimentaria. “Antes del proyecto”, recuerda Gregoire, «la población se veía expuesta de forma estructural a episodios de inseguridad alimentaria durante el período de escasez entre cosechas”. Hoy, según el equipo local, “los centros nutricionales, antes muy solicitados y saturados, atienden a menos niños con kwashiorkor o marasmo. Hay hogares que pueden hacer al menos dos comidas diarias con más variedad de verduras, pollo y huevos, algo que antes no ocurría”. Son observaciones del equipo sobre el terreno; la encuesta que debe medirlo con rigor está pendiente.
Lo que sostiene todo esto es organización. El proyecto agrupó a las familias en Campos-Escuela Campesinos (Champs École Paysannes, CEP): 45 al empezar, con 2.027 hogares, de los que 995 eran de mujeres (49 %). Gregoire se siente orgulloso de comentar que “la dinámica en los comités de desarrollo (CODEV) ha evolucionado positivamente desde que hombres y mujeres participan en igualdad de condiciones en la gestión del territorio a través de los CEP que el proyecto puso en marcha”. Hoy son 60 y unos 2.300 miembros estimados. Varios CEP se han dividido en dos por tamaño o por puro contagio, porque los vecinos ven los campos de los vecinos agricultores y quieren lo mismo. Cuando la financiación acabe, esa red de agricultores conectados con los servicios técnicos del Estado será probablemente más duradera que cualquier saco de semillas mejoradas.
El acceso de las mujeres a la tierra ha sido un tema más delicado. El equipo no entró a imponer, sino a sentarse primero con el Grupo Multidisciplinar e Intergeneracional, luego con las autoridades político-administrativas y consuetudinarias, y a explicar la ley sin restar autoridad a los jefes. Los jefes tradicionales respondieron con compromisos: reconocer a las mujeres los mismos derechos, cederles tierras en barbecho, que son más fáciles de desbrozar, y velar por un reparto justo de las cosechas.
Además de Milfie Karume, la jefa de Bafwangada en Wamba, hay mujeres de la cooperativa de madres campesinas, como Marie Wamba y la señora Régine Etindepua, que han obtenido tierra en sus aldeas o la han comprado en Rangu. “Una de ellas, Coco Bambeaniso, ha diversificado hasta abrir una terraza y un restaurante, y se ha convertido en multiplicadora de semillas (esquejes de yuca, maíz, soja, berenjena, col, cacahuete, arroz). El proyecto le compra cuando hay que abastecer a otros socios. Pasó de recibir semillas a suministrarlas”, comenta Gregoire orgulloso.
Eso es lo que miden los datos de la FAO: las explotaciones gestionadas por mujeres rinden de media un 24 % menos que las de hombres del mismo tamaño, y las asalariadas agrícolas ganan 82 centavos por cada dólar masculino. La brecha no nace de la capacidad, sino del acceso. Donde una mujer tiene tierra, semilla y mercado, empieza a cerrarse la brecha.
El proyecto mira también hacia la Universidad de Uele (UNIUELE). Las estudiantes desplazadas por violencia llegan a ciudades caras, con alojamientos precarios y, a veces, familias de acogida que las emplean en tareas domésticas, no respetan el horario de clases y sus horas de estudio.
“Existen abusos sexuales, matrimonio precoz, embarazos no deseados, relaciones de subsistencia y abandono de los estudios” explica Gregoire. “Para frenar esos riesgos se creó el Comité de Estudiantes en Situación de Vulnerabilidad, con apoyo psicosocial de la administración de las residencias, ayuda económica ante enfermedad o necesidad extrema, y formación agrícola”. Cuatro de las 10 integrantes del proyecto ya generan ingresos propios: una vende buñuelos, otra dispositivos de comunicación, otra compra mercancía en Ariwara para revenderla en Isiro y la cuarta cose en un taller fuera de clase. Además el comité ha organizado cinco conferencias-debate, programas de radio y una campaña ante el Gobierno provincial para conseguir transporte entre la ciudad y las residencias. Tampoco se ha podido evitar todos los riesgos: este curso una de sus miembros se quedó embarazada y tuvo que interrumpir sus estudios.
Existe un vínculo entre el campo y el aula. Los ingresos agrícolas de las familias ya se destinan a que las jóvenes lleguen a estudios superiores. Una niña que estudia con su familia y bien alimentada tiene menos probabilidades de ser la próxima en abandonar los estudios.
El camino no ha sido recto. Las incursiones de las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF/Nalu) en Wamba han provocado desplazamientos masivos hacia Isiro, donde la delincuencia armada ha crecido desde principios de 2026, y la carretera Watsa-Mungbere-Isiro ha estado cerrada más de cuatro meses. Paralelamente el brote de ébola ha obligado a reducir reuniones de los CEP y visitas de agrónomos. Y desde junio, las estudiantes no pueden acceder a las residencias, porque el Gobierno congoleño ha iniciado las obras del complejo de la Universidad de Uele. Las alumnas pierden temporalmente su alojamiento porque se construye la universidad a la que quieren acceder.
El proyecto, que cuenta con la Universidad de Uele y APROHDIV como socios locales y con financiación de la Unión Europea y del Gobierno de Aragón, termina el próximo 4 de noviembre. Su prueba de fuego es lo que quede después: La agrupación de los agricultores, que antes actuaban de forma individual con pocos resultados, ahora lo hacen en organizaciones campesinas coordinadas por los CEP; el respeto de los derechos de la mujer a la propiedad de la tierra, a la lucha contra la violencia de género; la perpetuación de los nuevos cultivos integrados y el aumento de la producción agrícola y ganadera, especialmente de aves de corral, con el consiguiente incremento de los ingresos de los hogares. Para el equipo congoleño, la cohesión social surge precisamente ahí, cuando las comunidades producen sus propios alimentos, se organizan, negocian sus diferencias y sus jóvenes empiezan a decidir su futuro. La soberanía o seguridad alimentaria garantizada por el empoderamiento de la mujer.
Por todo ello, para medicusmundi es un orgullo sumarse al Día Mundial de la Alimentación con el proyecto Cohesión social a través del fortalecimiento de la soberanía alimentaria y la integración de alumnas en situación de vulnerabilidad.
Con información del responsable del proyecto de medicusmundi en los territorios de Rungu y Wamba de la provincia de Alto Uele Grégoire Mombi Amboko y su equipo.