Malaria en 2026: las grietas del derecho a la salud global
Larunbata,25 apirila 2026La malaria causó 282 millones de casos y 610.000 muertes en 2024. Se ha pasado de evitar 14 millones de muertes a que aumenten en 9 millones los infectados. África soporta los dos tercios de la carga. Niños menores de cinco años y mujeres embarazadas concentran la mayor mortalidad. Pese a los avances logrados desde 2000, el aumento reciente de casos (+3%) y muertes (+2%) confirma un estancamiento preocupante.
En el Día Mundial de la Malaria (25 de abril) analizamós qué está pasando en la lucha para su erradicación. Más allá de su impacto sanitario, la malaria constituye una vulneración estructural del derecho a la salud reconocido en el artículo 12 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Factores como el déficit de financiación (un 42% por debajo de lo necesario), la resistencia a tratamientos como la artemisina (principal fármaco contra el parásito en el mundo), los conflictos armados y el cambio climático están revirtiendo el progreso y ampliando la desigualdad en el acceso a la prevención y el tratamiento y agravan la vulnerabilidad en las poblaciones marginadas.
Un progreso en la lucha contra la malaria que se frena
Durante dos décadas, el mundo celebró descensos tanto de casos como de muertes. Pero esa tendencia se ha frenado y, en los últimos dos años, incluso se ha invertido. Entre 2023 y 2024, los casos aumentaron un 3% y las muertes un 2%, según el Informe Mundial sobre la Malaria 2025 de la OMS. En él se confirma que la enfermedad sigue siendo un problema grave de salud pública global, con 282 millones de casos (aproximadamente 9 millones de casos más que el año anterior) y 610.000 muertes en 2024.
Si desde el año 2000 se han evitado 2.300 millones de casos y 14 millones de muertes, (incluyendo 1 millón solo en 2024 gracias a nuevas herramientas), observamos con estupor que ese progreso positivo está paralizado y las tasas de mortalidad siguen lejos de los objetivos de la Estrategia Técnica Global contra la Malaria 2016-2030 (reducción del 90% para 2030 respecto a 2015).
Y el progreso se paraliza especialmente en los mismos lugares donde la desigualdad se enquista. Según una comunicación de la OMS , Africa soporta los dos tercios de la carga con 11 países africanos que concentran dos tercios de la carga mundial, encabezados por Burkina Faso, R.D.Congo, Mali, Mozambique, Etiopía (países donde desarrolla proyectos medicusmundi), Nigeria, Tanzania, Uganda… . En estos territorios, el 75% de las muertes africanas son niños menores de 5 años. Entre 2023 y 2024, los casos subieron un 3% y las muertes un 2%, revirtiendo la disminución previa a la pandemia y mostrando un ligero incremento.
Los factores son multifactoriales: la OMS destaca desafíos técnicos y financieros, falta de recursos, vigilancia insuficiente, resistencia a los medicamentos, resistencia a los diagnósticos y a los insecticidas, además de la presión generada por los conflictos armados y la influencia del cambio climático.
El déficit financiero: la malaria del sistema
El déficit en la financiación internacional constituye la gran preocupación: en 2024, la inversión global fue de 3.900 millones de dólares, un 42 % menos del presupuesto que se necesita, que según la OMS se valora en 9.300 millones de dólares.
Esta escasez de financiación tiene graves consecuencias: retrasos en la distribución de mosquiteros, desabastecimiento de medicamentos y campañas interrumpidas. Entre 2024 y 2025, la Ayuda Oficial al Desarrollo para salud cayó un 21%, afectando especialmente a África Oriental y el Sahel. Por ejemplo, en Somalia, el cierre de clínicas rurales tras los recortes se ha traducido en aumentos significativos de brotes de enfermedades como cólera, sarampión y malnutrición, que agravan la malaria.
La financiación no es sólo una cuestión de eficiencia técnica. Es la frontera donde se decide quién vive y quién muere. Por eso, desde medicusmundi lo vemos como un problema de voluntad política, no de capacidad científica.
Esperanza científica versus amenaza biológica
Por primera vez en la historia, el mundo cuenta con dos vacunas eficaces: la RTS,S y la R21/MatrixM, ya integradas en los programas nacionales de 25 países africanos, protegiendo a más de 10 millones de niños cada año. Junto a ellas, las nuevas mosquiteras de doble insecticida (PBO, diseñada para superar la resistencia de los mosquitos) y la quimioprofilaxis estacional están salvando millones de vidas.
Pero las resistencias amenazan con deshacer los avances. La resistencia parcial a la artemisinina, principal fármaco contra el parásito, ya se ha confirmado en ocho países africanos.
A esto hay que añadir la evolución de los mosquitos. En Uganda se ha comprobado que el 50% de los parásitos presentan mutaciones. Y el Anopheles stephensi, especie invasora adaptable a entornos urbanos, está dificultando los esfuerzos de control vectorial en el Cuerno de África.“La carrera entre la ciencia y la biología se está igualando”, advierte la OMS. En ese delicado equilibrio, cada dólar y cada decisión política pueden inclinar la balanza.
El clima como nuevo vector
Además, el cambio climático se ha convertido en multiplicador de riesgos. Inundaciones, ciclones y desplazamientos forzados están extendiendo la transmisión a zonas antes seguras. Un estudio publicado en Nature en 2026 estima que los eventos climáticos extremos explican el 79% del reciente aumento de casos, y que, si no se adaptan los sistemas de salud, África podría registrar 123 millones de casos adicionales y más de medio millón de muertes extra para 2050. El mapa de la malaria también lo dibuja la vulnerabilidad climática.
La malaria como espejo ético
Más allá de las cifras, la malaria es el síntoma visible de una fractura de dimensiones humanas. Nos habla de nuestra incapacidad de garantizar el derecho básico a la salud. Que no hayamos podido erradicarla no se debe a la falta de conocimiento, sino a la negligencia e indiferencia que margina a quienes más la padecen: niños, mujeres embarazadas y comunidades rurales sin acceso a servicios públicos.
El Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria advierte que, con los niveles actuales de inversión, no sólo se incumplirán los Objetivos de Desarrollo Sostenible, sino que aumentará la resistencia biológica, encareciendo aún más el control de la enfermedad.
Desde 2000, las estrategias internacionales han evitado 2.300 millones de casos y 14 millones de muertes. Pero sin un cambio de rumbo, ese éxito corre peligro. El déficit de 5.400 millones de dólares al año podría volver a abrir un ciclo de expansión.
Eliminar la malaria no es ciencia ficción: 47 países ya han sido declarados libres, incluidos Cabo Verde y Egipto en 2024. Y los últimos en conseguirlo han sido Georgia, Surinam y Timor-Leste en 2025. El reto es extender ese logro a las regiones que siguen atrapadas en la combinación letal de pobreza, clima extremo y desinterés político.
No nos cansamos de repetir que la malaria es una enfermedad prevenible y curable. Lo que impide su erradicación no es el mosquito, sino la desigualdad. Convertir su control en una prioridad de justicia global exige mirar más allá y actuar desde el enfoque de derechos humanos.
Proteger vidas implica financiar laboratorios, pero también escuelas, viviendas dignas, infraestructuras sanitarias y cooperación internacional. En definitiva, implica cumplir el derecho universal a la salud, que hoy sigue siendo una promesa pendiente para millones de personas.