17.04.2009 Por José María Arcos (miembro la comisión Stop Malaria de MMN)
La Malaria, una enfermedad con historia que no debería tener futuro
Es verdad que la estimación de que cada año la malaria se cobraba un millón de vidas humanas ha sido admitida durante el último medio siglo y que hoy esta cifra se sitúa con todos los recelos entre 700.000 y 2,7 millones siendo el 75% de ellas niños y niñas africanos menores de cinco años.
Pero el momento presente, al decir de los que lideran la actividad global de lucha contra la malaria, no tiene precedentes. Las perspectivas nunca han sido más brillantes. No aprovecharlo sería imprevisible y desastroso.
Se trata de atraer la atención sobre una enfermedad mortal que nos ha acompañado durante algunos milenios y muchas centurias, y que sigue siendo uno de los grandes azotes de la Humanidad tanto por su impacto en mortalidad como por sus enormes repercusiones socioeconómicas.
La historia más reciente nos descubre que los países que consiguieron erradicar la malaria durante la primera mitad del siglo XX, basaron su éxito en el correcto y cuidadoso uso del suelo, en prácticas agrícolas adecuadas, en construcción de viviendas higiénicas y en el control biológico de los anofeles, mosquitos que pasan el parásito patógeno de una persona a otra mediante picadura. En los años cincuenta y sesenta estos países utilizaron, quizás demasiado alegremente, el altamente efectivo insecticida residual DDT para reducir la población de vectores, acción que en países como India y Unión Soviética también tuvo mucho éxito inicial pero que no se prolongó lo suficiente por varias razones. Además de su, para entonces, elevado costo, se tropezó con la dificultad de repetir el rociado de las viviendas en contra de la voluntad de sus moradores y con la aparición de algunas resistencias al DDT en las especies del mosquito.
Haber conseguido, por un lado, la erradicación en los países ricos y haber cosechado, por otro, fracasos en lugares más desfavorecidos, llevó a una pérdida generalizada de interés por la lucha antimalárica que inexplicablemente fue mantenida hasta casi finalizada la década de los noventa. Por ejemplo, solamente fueron antimaláricos tres de los más de mil doscientos nuevos medicamentos puestos en el mercado durante el periodo de 1975 a 1996. El hecho fue ciertamente muy grave ya que el parásito Plasmodium falciparum había conseguido mientras tanto desarrollar resistencia a los más apreciados medicamentos del momento, como la cloroquina entre ellos.
Aún más. Quizás como reacción a las crecientes exigencias de respeto al ambiente la industria química perdió también interés en el desarrollo de insecticidas para uso en salud pública y, al mismo tiempo, en muchos países donde la malaria era endémica, los programas nacionales establecidos durante el periodo colonial, que se habían mantenido mientras se creyó posible eliminar la enfermedad, también se abandonaron.
Así, durante décadas hubo muy ligeros cambios en las tasas de morbi-mortalidad y finalmente, la situación empeoró en numerosas áreas de África. Sin olvidar factores económicos y sociales, no fue ajena a ello la presencia del vector Anopheles gambiae que se alimenta preferentemente de humanos y posee una larga fase de vida adulta que le hace particularmente efectivo en la transmisión de la enfermedad.
Sólo el final de los años noventa del pasado siglo significó un pronunciado resurgimiento del interés por la malaria en los países más ricos poniéndose en evidencia los escasos recursos humanos y económicos dedicados a la investigación de malaria en todo el mundo. Desde entonces, el número y el compromiso de numerosas instituciones internacionales, fundaciones, consorcios públicos y privados, y de organizaciones gubernamentales y no gubernamentales ha aumentado extraordinariamente tratando de mejorar la investigación, hacer posibles los ensayos rigurosos de campo y compartir sin limitaciones la información tecnológica.
Haber conseguido, por un lado, la erradicación en los países ricos y haber cosechado, por otro, fracasos en lugares más desfavorecidos, llevó a una pérdida generalizada de interés por la lucha antimalárica que inexplicablemente fue mantenida hasta casi finalizada la década de los noventa.
Hay ahora un general consenso en la necesidad y conveniencia de reunir y aunar las iniciativas individuales si se pretende alcanzar las más ambiciosas metas para la población en riesgo y especialmente para la más desasistida. Es preciso acceder rápidamente al diagnóstico fiable y a los tratamientos baratos, eficaces y seguros; atender el embarazo lo más temprano posible; posibilitar al máximo el empleo de redes mosquiteras impregnadas con insecticidas de larga duración; aumentar la educación para la salud para incrementar la capacidad de autoprotección de las comunidades; reforzar los servicios primarios de atención sanitaria; contar con una vacuna asequible y de garantía…
Es verdad que la carga de la malaria en el mundo es inaceptablemente alta sobre todo a nivel familiar y que sus consecuencias sociales y económicas son enormes. Es verdad que la estimación de que cada año la malaria se cobraba un millón de vidas humanas ha sido admitida durante el último medio siglo y que hoy esta cifra se sitúa con todos los recelos entre 700.000 y 2,7 millones siendo el 75% de ellas niños y niñas africanos menores de cinco años.
Pero el momento presente, al decir de los que lideran la actividad global de lucha contra la malaria, no tiene precedentes. Las perspectivas nunca han sido más brillantes. Hoy como nunca, se dan las condiciones idóneas para obtener el éxito, cifrado en lograr en lo posible el cumplimiento de los objetivos del milenio, y se ha creado una expectativa que es preciso atender debidamente porque, en efecto, la malaria hoy en día es una amenaza para la mitad de la población mundial y constituye un grave problema de salud pública en más de 90 países habitados por alrededor del 40% de la población mundial.
Lamentablemente surge ahora la desconfianza sobre el grado de repercusión negativa que podrá llegar a tener la presente crisis internacional. Ya sería grave que obligara a posponer el éxito de la erradicación de la malaria, que nunca ha estado tan cercano, pero sería aún mucho peor que no permitiera siquiera seguir avanzando eficazmente en esa dirección y se cayera en otro periodo de abandono y retroceso a escala global. El resultado sería desastroso y la salida, esta vez, imprevisible.






